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10-04-2018 | Campeones

"En un año dejé los bastones"

Agradecida de la vida

Amanda Palma Palma, es casada y tiene dos hijas, una asistente social y otra profesora, cinco nietos, cuatro niños y una niña. Es asistente de enfermos titulada especializada en adulto mayor, y vive en el Montijo hace 41 años.

Problemas de salud y otros que siguieron

Ella trabajaba en su especialidad hasta que la salud dejó de permitírselo y tuvo que retirarse. “Se me empezaron a crear muchos problemas de salud, tanto la artrosis, un problema de osteoporosis y se me agregó un problema de diabetes, eso me complicó bastante”.cuenta Amanda. Debido a esto se tuvo que pensionar anticipado, tenía dinero en la AFP pero no le duró lo suficiente y tuvo que optar por un plan solidario donde le pensionan con el 78% de invalidez: “Mucha invalidez que no podía trabajar”.

Al tiempo que ella solo permanecía en la casa, le generó problemas de ánimo, empezó a participar en la Iglesia Católica con su esposo, pero ella seguía sintiéndose una persona cada vez más inválida. El tiempo fue demasiado rápido, de un mes a otro en su propia casa se sentía invalida: “Una depresión, porque como mi esposo trabaja todo el día, dos hijas que no viven conmigo, me sentía muy sola y triste, como que era inútil. Así me sentía yo, y empecé a ir, actividades de la iglesia, pero eso no me ayudaba para mi salud, me sentía bien, sí, de ánimo, un poco, pero de repente igual, cuando había algún tipo de dificultad yo recaía, yo recaía en mi depresión, era muy llorona”.


Esto le afectó también en su relación con sus cercanos, Amanda dice que la soportaron, ya que ella tenía un ánimo diferente, más gruñona, más idiota, ellos siempre le querían brindar ayuda y ella se negaba: “Al final yo los sacaba de mi lado en vez de acogerlos”. Ella no quería que ellos estuvieran ahí ayudando, porque ella se sentía joven y una persona válida. Por lo que lloraba a escondidas, en momentos del día donde estaba muy decaída y cuando su esposo llegaba al hogar ella solo se lavaba su rostro y se retaba a ella misma, de que él no tiene la culpa, por tonteras ella lo culpaba por cosas o momentos que no iban al caso y el prácticamente “Pagaba el pato”. Se sentía una carga.

Alrededor de los 50 y 55 ella estuvo muy mal, se cuestionaba por qué le pasaba eso, porque Dios le otorgó esto, ya no podía hacer esto ni aquello. Le complicaba caminar y el doctor le sugirió usar bastón y le incomodaba en la locomoción usar el dicho bastón, en el centro o en lugares inadecuados para su condición: “Me caí muchas veces y muchas veces no se lo dije a mi familia”- dice Palma – “recuerdo muy bien una vez que iba a comprar unos bonos a Fonasa, en pleno centro y me caí en el centro y quedé botada en el suelo y hubo gente extraña que me ayudó. Entonces me tuvieron ahí hasta que me recuperé. Y después nunca le conté a mi familia, nunca, a nadie se lo había contado. Primera vez que lo cuento”.

Ella quería que la vieran como siempre la habían visto, fuerte, siempre lo había sido, aunque ella misma dice que no lo es tanto, es algo emotiva, ayudó mucho en la crianza de sus nietos y estaba más regalona, regalona de la familia.

Cuando usaba muletas estaba molesta, le daban ganas de arrojarlos lejos, se cuestionaba de “porque no me pasó algo más y me hubiese muerto”, se molestaba de ser una molestia para su familia, ir por la calle y que los demás opinasen de ella como “pobrecita, ¿qué le habrá pasado?”, realmente no le gustaba.

Adiós bastón, hola Chi Kung

Un día una mujer que realiza zumba en el Gimnasio Municipal de Cerro Navia, llamada Sandra, llevó a su madre y a ella a la Corporación del Deporte para que presentarle Chi Kung. Cuando llegó Amanda se cuestionaba qué hacia allí, pero después de un rato se dio cuenta que había muchas personas de la comunidad -normalmente asisten 50 personas y a veces más- que conocía y que también realizaban el deporte, y que ellos la acogieron muy bien y le decían que ella saldría adelante, que no faltara y que ella podría. Por su parte, el maestro Hernán Gutiérrez la presentó e instruyó a que el ejercicio debe ser hasta su capacidad, que no sobre exigiera, si no podía hacer un ejercicio, no lo hiciera.

Cuando por fin llegó a su hogar, no podía esperar a contarle a su familia y cuando lo hizo, su marido le repitió: “no tienes que faltar, usted va como puede, pero va, en la micro, en el colectivo, pero usted va”. Realmente estaba contenta, era otra.

Así, Amanda pasó todo un año casi sin faltar a las clases de Chi-kung, se esforzaba, hasta que pasó el año y ella dejó de usar el bastón, ya no era necesario, recibió mucho apoyo de su familia, de sus compañeras y del maestro. Amanda dice que, para un evento grande, invito a su hija menor y ella no podía creer que su madre tuviera el equilibrio para realizar los ejercicios. Su esposo la acompaña cada vez que puede, él es feliz observándola en el Gimnasio: “se sienten orgullosos de lo que yo hago y mucha de mi gente me ven y a veces no lo expresan, pero yo lo siento, que están contentas de verme bien, porque cuando no me ven ellos preguntan por mí. Eso me reconforta porque significa que me quieren y yo los quiero”.

Agradecida de vivir

Antes de ir a Chi-kung, ella realizaba kinesiología en el consultorio, la derivaron a especialistas e hizo terapia. Pero el Chi-kung y el maestro fueron un complemento ya que el ejercicio es para cada músculo y órgano del cuerpo, el maestro le daba énfasis a lo que ella necesitaba. Hernán es una persona muy paciente, un ángel al tratar a cada alumno, es un profesor con vocación, preocupado, enseña bien y si hay algo pendiente, se preocupa de que aprendan bien: “Uno se siente llegada por esas cosas, aprende”.

Amanda siente un sentimiento de agradecimiento hacia la disciplina y al maestro, ella no sería la de ahora si no fuese por ellos. También le agradece a Sandra, la impulsora de toda la motivación. Ella dice que si todos empezáramos desde jóvenes a hacer ejercicios, no tendríamos complicaciones de viejos, ahora están los medios y recursos, debería aprovecharse, se les recibirá bien y con cariño: “Yo invito a todas las personas a que vengan, que hagan la gimnasia que les guste, pero la idea es que hagan deporte. Porque la Corporación está abriendo las puertas para que nosotros tengamos el espacio y la preocupación y los recursos, hay que aprovechar eso, no hay que quedarse en la casa, tenemos que disponernos a decir vamos. Es un tiempo que no van a perder, van a ganar. Después de un tiempo se van a dar cuenta que, al invertir una hora, van a ganar vida, salud”.